Lo que nunca debió pasar

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Esta es una historia que no quisiera contar, pero hay que hacerlo: primero, porque la protagonista es una persona cercana a mí; y segundo, porque al contarme su calvario, de alguna forma también me pide que le ayude. Y lo haré desde mi rol como periodista, narrando la historia de lo que nunca debió pasar y buscando la solidaridad de mis colegas para que se haga justicia en este caso.
Paola es una mujer luchadora que, desde muy joven, decidió salir de su casa para buscar un futuro mejor. De su natal Coveñas salió hacia Medellín a los 19 años. Aquí estudió gerontología y se preparó para ser auxiliar de enfermería. Se casó y tuvo dos hijas, que hoy tienen 9 y 6 años. Durante mucho tiempo soportó el maltrato de su compañero hasta que un día casi la mata. Ella lo denunció, pero la justicia nunca actuó. El tipo sigue campante por la vida y responde por sus hijas a regañadientes.
Pero esto no es todo. Hoy Paola enfrenta una difícil situación. Actualmente no tiene un trabajo fijo y trabaja ocasionalmente cuidando personas mayores o en labores de servicio doméstico. Debido a esto, ha tenido que dejar a sus hijas al cuidado de una vecina y, en contadas ocasiones, las ha dejado solas en casa. Aun así, había logrado salir adelante con sus niñas hasta hoy.
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El calvario de Paola y sus niñas
La dolorosa historia que marcó la vida de Paola y sus niñas comenzó el 8 de mayo. A Paola le resultó trabajo y como de costumbre le pidió a su vecina que cuidara a las niñas. En la tarde, mientras Paola barría, trapeaba y lavaba baños, al otro lado de la ciudad sus hijas disfrutaban de una cálida y tranquilq tarde. Jugaban felices en el patio de la casa donde su madre las dejó en la mañana. Armaron una casita con cobijas, sillas y otros elementos.
Todo transcurría con normalidad hasta que el hermano de la mujer que cuidaba a las niñas invadió la casita, arruinó el juego y acabó con la inocencia y la felicidad de las hijas de Paola. Las niñas fueron abusadas por el hombre de 35 años. Ese viernes, víspera del cumpleaños de la niña mayor, se convirtió en el peor día de sus vidas.
En el recorrido de regreso a casa, Paola recibió llamadas y mensajes con la terrible noticia y como pudo, llegó a su casa, activó el código fucsia, llamó a la policía e hizo todo lo que una madre en esa situación debe hacer. Sin embargo, Paola no recibió el apoyo que corresponde a una situación de estas.
Lo que uno no entiende de la «ley»
La situación de Paola en lugar de mejorar, se complicó. En teoría, el ICBF debió velar por el respeto de los derechos de las niñas, pero en esta historia eso no se cumplió desde ningún punto de vista.
Paola llevó a sus hijas al hospital para que les hicieran los exámenes respectivos, un proceso de por sí incómodo y doloroso, pero necesario. De acuerdo con el examen, en el cuerpo de la niña menor, la de seis años, se encontraron secreciones. Aun así, el abusador, que al parecer tiene otro antecedente de abuso, sigue libre como si nada. Y el peso de la ley cayó sobre Paola: el ICBF se llevó a sus hijas y solo se las entregará cuando demuestre que un familiar puede encargarse de ellas mientras ella trabaja.
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Por otro lado, las funcionarias de la entidad le aseguraron a Paola que las niñas estarían en un hogar de paso y que las pondrían en contacto todos los días a través de llamadas y mensajes de WhatsApp. Sin embargo, las niñas fueron entregadas a una madre sustituta y nunca las pusieron en contacto con su madre. Durante 15 días, Paola no supo nada de sus hijas.
Entonces, ¿quién responde?
El viernes 22 de mayo la citaron en una de las sedes del ICBF y finalmente las pudo ver. Las niñas no estaban del todo bien y, entre las cosas que le contaron a su mamá, está que la madre sustituta las llevó a una fiesta de 15 años. Paola está muy preocupada, porque a sus hijas no las debieron llevar a una fiesta de personas desconocidas, especialmente después de haber vivido una situación de abuso. ¿Quién va a responder por ellas si algo les pasa?
Como el ICBF le advirtió que solo se las entregará cuando demuestre que las niñas estarán al cuidado de un familiar, Paola tendrá que llevarlas donde su mamá, que vive en la costa. Entonces, para recuperarlas, debe presentar los tiquetes del viaje como prueba. Eso le cuesta unos 400 mil pesos, que no tiene. A regañadientes, el padre de las niñas se comprometió a “colaborarle” con 200 mil; el resto debe conseguirlo ella.
Esta madre no se rinde. Está buscando información, asesoría y acompañamiento para resolver esta pesadilla. Mientras tanto, el abusador sigue campante por la vida, incomodando a la dolida madre, quien tiene que escucharlo todos los días a través de la delgada pared que separa su casa de la de él. ¿Y la justicia? Cojeando.
En esta historia nada cuadra
Luego de escuchar a Paola quedé con una terrible sensación de impotencia. Ser mujer, proveniente de otra ciudad, sola, con dos hijas pequeñas y con muchas ilusiones, parece llevarla a un callejón sin salida. Es una misión imposible. Y el Estado que debería protegerla es el primero en señalarla.
Esta historia, por ahora, no tiene fin. Hay muchas preguntas por resolver: ¿por qué el agresor sigue tranquilo en su casa y sus víctimas tienen que buscar para dónde irse? ¿Por qué el ICBF se quedó con las niñas y, en lugar de llevarlas a un hogar de paso, las entregó a una madre sustituta que las lleva a una fiesta de 15 años, sin considerar los riesgos ni la situación traumática que les generó el abuso? ¿Por qué le ocultan a Paola el lugar donde están las niñas y no las ponen en contacto con ella?
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Voy a acompañar a Paola a desenredar esta madeja de injusticias y la apoyaré para que recupere a sus hijas. Quiero también invitar a mis colegas a que nos acompañen, porque cuando hay varios medios hablando de lo mismo, las instituciones se sienten presionadas a resolver estos casos que, de otra manera, quedan en el olvido.
Continuará…








