Un ritual para despedir noviembre y recibir diciembre
Así como octubre está marcado por la caída de las hojas y diciembre por la luz de navidad, noviembre es una transición para soltar y llegar livianos al cierre de año. En sus días finales, sentimos la urgencia biológica y espiritual de transformarnos. No se puede entrar en el nuevo año con el equipaje intacto; es necesario filtrar, ordenar y, sobre todo, integrar lo que sirve y dejar lo que pesa. A continuación te comparto un ritual para despedir noviembre y recibir diciembre.
Este año, el cierre del mes viene marcado por una danza planetaria profunda. La Luna, nuestro espejo emocional, transita en estrecha conjunción con Saturno y Neptuno. Para el observador de la cultura espiritual, esta alineación descubre la psique colectiva.
Saturno representa el límite, la estructura, el «darse cuenta» de la realidad y la responsabilidad de lo construido. Neptuno, por el contrario, es la disolución, el sueño, lo inasequible y la espiritualidad que trasciende. Que la Luna active a ambos simultáneamente nos pone en una retadora encrucijada: es el momento de observar nuestras estructuras (Saturno) con una mirada compasiva y trascendente (Neptuno). Es un llamado a la «madurez espiritual». Nos lleva a preguntarnos qué de lo que hemos construido en este 2025 es sólido y verdadero y qué partes son ilusiones que deben disolverse.
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La fricción entre el deber ser y el anhelo del alma se suaviza bajo esta influencia. Noviembre nos pide que dejemos de luchar contra la corriente y empecemos a fluir con intención. Es el tiempo de cuestionarnos y vaciarnos para que diciembre cumpla su promesa de renacimiento y luz. La integración no es acumular más, sino soltar lo que sobra para que la sabiduría de lo vivido ocupe su lugar.
Ritual de transición
Para navegar este paso entre la introspección de noviembre y la esperanza de diciembre, te propongo un rito sencillo. No requiere herramientas complejas, solo honestidad y presencia.
Materiales: un vaso de agua, una vela blanca, papel y bolígrafo.
La pausa saturnina. En la noche del 30 de noviembre, siéntate en silencio. Enciende la vela. Escribe en el papel tres lecciones duras pero valiosas que el 2025 te dejó. Agradéceles su crudeza; son tu estructura, tu tierra firme.
La entrega neptuniana. Toma el vaso con agua entre tus manos. Visualiza en el líquido todo aquello que te pesa: culpas, expectativas no cumplidas, tristezas antiguas. Imagina que el agua absorbe esa densidad emocional. Siente cómo tus manos se aligeran.
Para soltar. Ve a una ventana o sal al exterior. Vierte el agua a la tierra o déjala correr, devolviéndola al ciclo natural. Mientras cae, pronuncia la siguiente frase: «Lo que fue, hecho está. Me quedo con la lección, libero la emoción. Quedo vacío/a para recibir».
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La luz de diciembre. Vuelve a la vela. Quema con cuidado el papel de las lecciones y, mirando la llama, establece una única intención clara para el mes que entra. No un deseo material, sino un estado del ser. Por ejemplo: paz, claridad, valentía…
Apaga la vela sabiendo que el ciclo se ha cerrado. Noviembre ha cumplido su misión. Estás lista(o) para diciembre.








