Encuentra en Colombia un Infiernito

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Imagina que llegas a la sabana de Zaquenzipa al amanecer. El aire es frío, el viento arrastra un olor a tierra seca y, frente a ti, decenas de columnas de piedra se proyectan como sombras largas sobre el pasto. No hay templos ni cúpulas, sólo menhires silenciosos, erguidos, como si estuvieran esperando una señal del Sol para despertar la memoria de los antiguos muiscas. Encuentra en Colombia un Infiernito.
Es un antiguo observatorio solar indígena ubicado cerca de Villa de Leyva, Boyacá. Allí, los monolitos de piedra alineados con el Sol y el horizonte, convertían el paisaje en un calendario usado por los muiscas. Hoy se conserva como un parque arqueológico abierto al público. Es uno de los lugares más potentes, energéticamente hablando, para conectarnos con nosotros/as mismos/as, con el cielo, la tierra y el universo.
Su nombre se le debe a los conquistadores españoles que consideraron “diabólicas” las ceremonias, las costumbres y los símbolos, en general, de nuestros antepasados. Este lugar fue un centro sagrado de observación astronómica y rituales de purificación muisca. Quienes lo visitan, evidencian que no es un lugar oscuro sino un puente que une la espiritualidad ancestral y el universo.
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Su historia
El Infiernito está formado por hileras de monolitos de arenisca rosada, terraplenes y sepulturas que hacían parte de un complejo ceremonial de la cultura muisca.
Los primeros registros escritos del lugar datan de 1847, cuando el geógrafo Joaquín Acosta descubrió unas 25 columnas de piedra semienterradas en el valle de Moniquirá. Más tarde, Alexander von Humboldt concluyó que su disposición permitía anticipar fenómenos naturales como los solsticios y los equinoccios. Investigaciones arqueológicas posteriores encontraron más de un centenar de monolitos dispuestos principalmente en dirección este–oeste, revelando un profundo y extenso conocimiento astronómico de los muiscas.
A primera vista, El Infiernito parece sólo un campo de piedras; sin embargo, su magia aparece cuando entra en escena el Sol. Las columnas de piedra fueron alineadas para seguir el movimiento solar. De este modo la posición de la luz y las sombras indicaba el inicio de diferentes épocas del año.
Algunas investigaciones señalan que en el solsticio de junio, por ejemplo, el Sol se levanta exactamente sobre la laguna de Iguaque, lugar sagrado donde emergió la diosa Bachué, madre del género humano, según la mitología muisca. Recientemente, algunos arqueólogos han planteado que la orientación de las columnas también podría relacionarse con el “equinoccio espacial”, un punto medio entre solsticios, clave para los ritmos agrícolas y ceremoniales.
En la práctica, este observatorio solar era una herramienta de altísima precisión simbólica que les permitía decidir cuándo sembrar, cuándo agradecer la cosecha y cuándo realizar rituales para pedir equilibrio en el clima.
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Astronomía ancestral como guía de lo sagrado
Los muiscas no percibían el tiempo de manera lineal sino como una especie de tejido en el que cada hilo unía las fases de la luna, las posiciones del Sol, los ciclos de lluvia y otros momentos sagrados de la comunidad. De ahí que se refuerce la teoría de que El Infiernito funcionaba como un gran calendario: las columnas y sus sombras marcaban los cambios de estación, pero también mostraban la historia de las deidades solares, lunares y de la fertilidad.
Por eso, allí también se realizaban ceremonias vinculadas a la productividad de la tierra y a la continuidad de la vida, en un paisaje donde los monolitos de formas fálicas simbolizaban la potencia creadora que une cuerpos, semillas y estrellas. Restos de tumbas, ofrendas y contextos rituales encontrados en el área refuerzan la idea de un complejo donde la astronomía y el culto a los ancestros iban de la mano.
La posición de Xué (el Sol) y Chía (la Luna), junto con otros cuerpos celestes, se interpretaba como mensajes que podían anunciar tiempos de abundancia, sequía o transformación, influyendo en decisiones políticas, agrícolas y espirituales.
En este contexto, El Infiernito era una especie de altar cósmico a cielo abierto, donde los sacerdotes‑astrónomos interpretaban el movimiento de los astros para orientar la vida cotidiana y las grandes fiestas del calendario muisca. Como en una enorme partitura, cada salida del Sol en un punto diferente del horizonte marcaba una nota en la sinfonía del universo de este pueblo indígena.
Sensaciones y simbolismo para el viajero de hoy
Quien visita hoy El Infiernito se encuentra con un paisaje amplio, de tonos ocres y verdes, donde el silencio sólo se rompe por el viento y algún pequeño grupo de turistas o estudiantes. No hay grandes infraestructuras solo un pequeño punto de ingreso, señalética básica y el campo abierto que permiten que la experiencia sea más contemplativa que masiva.
Los monolitos, algunos claramente tallados en forma fálica, siguen desafiando nuestras miradas contemporáneas, recordándonos que en muchas cosmologías indígenas la sexualidad y la siembra son sagradas, no motivo de tabú. Al caminar entre ellos, es fácil sentir que estás atravesando una página viva de astronomía ancestral, en la que tu sombra, por un instante, también se suma al antiguo calendario de este observatorio solar muisca.
Imagina El Infiernito como un telar donde el cielo ofrece sus hilos de luz y la tierra extendida, espera ser tejida para dar su fruto. Cada movimiento de los astros es una puntada en esa gran tela invisible donde los muiscas bordaban su relación con lo divino, lo humano y lo natural.
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Quizá por eso, más que un “pequeño infierno”, este lugar es la puerta de entrada a una forma diferente de comprender el tiempo, la espiritualidad y nuestra responsabilidad con la tierra que pisamos. Encuentra en Colombia un Infiernito.








