Cuando tus rodillas te obligan a frenar
Cuando el médico confirmó el diagnóstico que no quería escuchar sentí el peso de los años. Yo, que siempre había sido la “fuerte”, la que cargaba con todo, de repente me descubrí con miedo a algo tan básico como bajar unas escaleras sin dolor y sin riesgos.
La artrosis de rodilla no llegó a mi vida de un día para otro, aunque así lo viví. Tiempo atrás ya había señales: dolor articular al final del día, rigidez al levantarme cuando estoy mucho tiempo sentada, ese “crujido” extraño al subir una escalera. Todo se lo atribuía al estrés, a los tacones que por mucho tiempo usé, y a “los años”.
Ese diagnóstico confirmó lo que presentía que estaba pasando en mis articulaciones. El cartílago que recubre los huesos de mis rodillas empezó a deteriorarse, los tejidos que los protegen se están desgastando y el fémur de mi pierna izquierda y lo está sintiendo. Pero no solo es un “desgaste por la edad”; en mi caso también hay otros factores: mucho tiempo sentada frente al computador, poco ejercicio y los kilos de más, en mi morral, que obligan a mis rodillas a cargar más peso del que pueden soportar.
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Artrosis, desvalorización y rabia escondida
Pero más allá de la explicación médica, el diagnóstico también tiene causas emocionales que no esperaba encontrar. Según la biodescodificación, los dolores articulares pueden estar vinculados a una sensación profunda de desvalorización: sentir que no somos capaces, que no damos la talla, que nuestro valor depende de cuánto hacemos y producimos.
Y aunque pensaba que estas emociones ya estaban resueltas, reconozco que llevo años viviendo en modo “autoexigencia máxima”: listas de tareas interminables, metas por cumplir, a todo le digo si y resuelvo… y yo, mi salud, mi cuerpo, siempre en segundo plano. Ese rigor interno de no permitirme descansar y no establecer límites, se refleja en la rigidez de mis articulaciones.
Y como un booomerang, cuando noto que ya no puedo hacer cosas tan sencillas como correr o agacharme sin pensar en el dolor o sin sentir que las rodillas ya no responden como antes, aparecen la frustración y la rabia.
Simbólicamente, la rodilla, también habla de nuestra capacidad de “doblarnos” ante la vida, de soltar el orgullo y la necesidad de control. Yo, siempre sosteniendo todo incluso lo que no me corresponde. A estas alturas de mi vida yo pensaba que ya había soltado esos sentimientos, pero no y mis articulaciones me lo están gritando.
Del miedo a la acción
Después del shock producido por la noticia, vino la pregunta: ¿qué puedo hacer para que esto no avance tan rápido? El médico fue claro: la artrosis no tiene cura, pero sí tiene manejo. Y el ejercicio no solo es posible, sino que es uno de los pilares fundamentales del tratamiento.
Entonces ordenó unas terapias y me recomendó ejercicio regular, adaptado, como primera línea de tratamiento, incluso antes de algunos medicamentos. Fortalecer músculos, trabajar el equilibrio, mantener la movilidad, son fundamentales en mi tratamiento. Estudios muestran que actividades aeróbicas de bajo impacto, como caminar, montar en bicicleta o nadar, ayudan a controlar el dolor y mejorar la función y la calidad de vida en personas con artrosis.
Contrario a lo que se pensaba hace algunos años, mantenerse activo, lejos de “gastar más la articulación”, ayuda a que las piernas no pierdan fuerza y a que el dolor no se convierta en un compañero permanente.
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Volver al agua para sanar
Volví a recordar algo que me ha gustado siempre: nadar. Estar en el agua me hace sentir ligera, libre, sin peso. Mejora mi respiración y mi capacidad pulmonar, fundamentales para la oxigenación de nuestro cuerpo. Además descubrí que la natación y la gimnasia acuática alivian el dolor, mejoran la función de la rodilla y pueden ser las primeras opciones para quienes tenemos artrosis de rodilla o cadera.
En el agua, la flotabilidad reduce la carga sobre las articulaciones: en una piscina las piernas solo soportan una fracción del peso corporal, lo que permite moverse con menos dolor y más libertad. Algunos estudios clínicos muestran que el ejercicio acuático, varias veces por semana, logran disminuir el dolor y la discapacidad, e incluso mejorar la percepción de calidad de vida, sin efectos adversos graves. La Arthritis Foundation también recomienda el ejercicio acuático como parte del manejo integral de la artrosis. Así que tomé una decisión: volver a nadar.
Reaprender a habitar mi cuerpo
El primer día de piscina llegué con sustico. Hacía tanto tiempo que no nadaba que sabía que mi cuerpo no resistiría mucho. También tenía miedo de que la rodilla doliera más. Los primeras patadas fueron lentas acompañadas de respiraciones profundas y pequeños diálogos internos: “Tu puedes”. “Tu cuerpo merece y necesita cuidado”. «Hay enfermedades peores».
Por fortuna ya empecé a notar cambios sutiles: menos rigidez matutina, más confianza al bajar escaleras, dolor menos fuerte. También ha sido una forma de transformar las emociones relacionadas con la enfermedad: en cada brazada, en cada inmersión suelto un poco del peso que cargo, de la ansiedad y el estrés acumulados. El agua volvió a ser mi lugar seguro, donde no tengo que demostrar nada, solo estar y disfrutar.
A la par, empecé a revisar mis patrones: bajar el nivel de autoexigencia, pedir ayuda, respetar mis tiempos de descanso. Comprendí que si mi cuerpo inflamado me grita “baja el ritmo”, insistir en seguir corriendo (literal y metafóricamente) es una forma de violencia contra mí misma.
Un mensaje para ti, que también sientes dolor articular
Si estás leyendo esto con una bolsa de hielo en la rodilla, pensando que la artrosis es el principio del fin, quiero decirte que aunque el diagnóstico duele, también puede ser la puerta de tu recuperación. Cuestionar cómo vives en tu cuerpo, qué cargas emocionales sostienes, qué tan dura o duro eres contigo cuando las cosas se salen de control y no resultan como quieres, es el primer paso para mejorar este diagnóstico.
Moverte, aunque sea despacio, cuidar tu peso, trabajar con profesionales de la salud, explorar alternativas como el ejercicio acuático y aprender a escuchar tus límites puede marcar una diferencia real en tu dolor y en tu calidad de vida. La parte más difícil, a veces, no está en la articulación, sino en el corazón que decide empezar.
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Hoy no sé cómo evolucionará mi artrosis, pero lo que si tengo claro es que cada vez que me sumerjo en el agua y mis rodillas se sienten más livianas, recuerdo que nada es imposible al amor que siento por mi, por mi salud, por mi cuerpo.
Y tu, ¿que harás hoy para habitar tu cuerpo con más de ternura y menos castigo? No esperes a que tus rodillas te obliguen a frenar.









