Semana del Desarme en Colombia: ¿más armas o más vida?

¿Puede una sociedad sanar del miedo armándose hasta los dientes, o estamos alimentando el mismo ciclo que nos ha desgarrado por décadas? Cada vez que una ola de atracos o un crimen atroz sacude las calles de nuestras ciudades, revive en Colombia un reclamo visceral: la flexibilización del porte de armas civiles bajo la promesa de la legítima defensa. Sin embargo, la evidencia y la historia nos ponen frente a un espejo implacable: en un país con heridas abiertas, añadir más proyectiles a la ecuación no detiene el fuego; lo propaga. Semana del Desarme en Colombia: ¿más armas o más vida?

Este dilema adquiere especial vigencia cada 24 de octubre con el inicio de la Semana del Desarme, una jornada promovida por la Oficina de Asuntos de Desarme de las Naciones Unidas (UNODA) desde 1978. Su propósito original de frenar la carrera armamentista global, nos invita a reflexionar recordar que el control responsable de los arsenales no es un tecnicismo burocrático, sino una condición indispensable para salvaguardar la dignidad humana.

Datos de una herida abierta

La realidad nacional dista de ser un debate abstracto. De acuerdo con los boletines estadísticos del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, cerca del 75 % de los homicidios que se cometen en el país ocurren mediante proyectiles disparados por armas de fuego. No se trata únicamente de choques entre estructuras criminales: una porción crítica de estas muertes proviene de la violencia interpersonal cotidiana: riñas entre vecinos, intolerancia vial y feminicidios.

Para comprender el problema, conviene precisar los términos legales. La legislación colombiana (Decreto Ley 2535 de 1993) distingue entre la tenencia (el permiso para tener un arma en un predio fijo) y el porte (la autorización para llevarla consigo). Desde la administración de Juan Manuel Santos hasta la de Gustavo Petro se prorrogó anualmente la prohibición casi total al porte general, reservando el uso de la fuerza al monopolio estatal.

El gobierno de Abelardo De la Espriella quebró este principio al reactivar los permisos ordinarios de porte. Aunque el Ejecutivo argumenta que se mantienen filtros psicofísicos y antecedentes estrictos, expertos en derechos humanos y seguridad ciudadana advierten que el mayor combustible de la violencia sigue siendo el tráfico ilegal y el desvío de arsenales hacia el mercado negro, problemáticas que no se solucionan inundando las calles de armas «legales».

El falso dilema de la autoprotección

Quienes defienden facilitar el acceso civil a las armas argumentan que un ciudadano desarmado queda en indefensión frente al delincuente. Es una preocupación comprensible que nace del abandono institucional y la impunidad. Sin embargo, estudios criminológicos internacionales y revisiones académicas en América Latina demuestran que la mayor presencia de armas en circulación eleva la letalidad de los conflictos cotidianos y multiplica los accidentes domésticos y suicidios, sin reducir de forma sostenida los índices delictivos.

Lee también La falta de dominio emocional puede tener consecuencias devastadoras

La seguridad ciudadana no se conquista armando a lo ciudadanos. Se construye con prevención, justicia eficaz, educación y recuperación del tejido social en las calles.

El desarme del corazón: una mirada desde la conciencia

Pero el problema no concluye en las fundas ni en los retenes. Hay un territorio previo. la mayoría de las veces inconsciente donde se concibe el disparo: la mente. ¿Qué significa desarmar el corazón en un entorno acostumbrado al insulto y al desquite?

Tradiciones milenarias como la no violencia (ahimsa), popularizada por figuras históricas como Mahatma Gandhi, nos recuerdan que la violencia física es apenas la materialización exterior del miedo, la ira no procesada y el anhelo de venganza. La espiritualidad consciente no reemplaza las políticas públicas de seguridad ni excusa la inacción del Estado; por el contrario, exige una profunda responsabilidad ética individual: aprender a regular las emociones reactivas, desarrollar empatía hacia quien opina distinto y renunciar a la agresión cotidiana.

Una comunidad que normaliza el plomo como árbitro de sus diferencias es una comunidad espiritualmente exhausta. Desarmar las manos exige, simultáneamente, desarmar los prejuicios, las palabras hirientes y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Lee también Siente intensamente tus emociones

El desafío que nos plantea la Semana del Desarme en Colombia no se agota en las leyes ni en los operativos policiales. Comienza en la decisión íntima de proteger la vida en todas sus formas. La próxima vez que la ira o el rencor toquen a tu puerta, pregúntate: ¿vas a ser quien reactive la mecha, o la conciencia que decida apagar el fuego? Semana del Desarme en Colombia: ¿más armas o más vida?