Guardé mis historias de acoso en un cajón con llave

El silencio tiene una pesadez extraña; se siente en el cuerpo como un nudo que esconde con los años. Durante mucho tiempo, guardé mis historias de acoso en un cajón con llave, convencida de que eran «gajes del oficio» o mala suerte. Pero el reciente escándalo de acoso sexual en el Canal Caracol ha actuado como un espejo que recordó mis experiencias, mi incomodidad, mi miedo. Al ver a otras mujeres alzar la voz y después de pensarlo mucho, decidí abrir ese cajón, no por revanchismo, sino porque entender nuestra historia personal es el primer paso para diagnosticar una enfermedad de nuestra sociedad.

El primer asalto a mi inocencia

Mi memoria me lleva a mis primeros años de bachillerato. Yo estaba en la esquina, esperando el bus del colegio, cuando un hombre me llamó. No dijo mi nombre; simplemente escuché «Sss, sss» como si fuera un animal. Cuando me di vuelta, me encontré con un tipo masturbándose a plena luz del día, sin vergüenza, sin miedo a las consecuencias. Corrí hacia mi casa, con el corazón a mil y le conté a mi mamá. Ella salió a buscarlo, pero ya se había ido.

Esa escena se repitió, con distintos rostros, tres veces en mi vida. Y no soy la única que lo ha vivido. En Colombia, caminar por la calle siendo mujer implica un estado de estrés permanente. Según cifras de 2025, el país registró más de 31.000 delitos sexuales, lo que equivale a casi 4 ataques por hora. Más del 75% de las víctimas son mujeres y niñas.

El acoso callejero es una realidad que nos obliga a cambiar rutas, a vestir de cierta forma para «no provocar» y a caminar en alerta constante listas para un ataque que sentimos inminente.

Cuando el acoso abusa del poder

Años después, ya adulta, entendí que el acoso no siempre viene de desconocidos en la calle. Mi siguiente experiencia provino de un profesional «respetable» y respetado, un hombre de familia, el jefe con poder sobre mi futuro profesional.

En mi práctica profesional, acepté una invitación a salir con el jefe y otros colegas. Entre trago y trago, uno de ellos me guiñó el ojo y me dijo, en clave, que debía ser “muy cordial” con el jefe: un periodista reconocido, familia “perfecta”, respeto público. Esa noche, él me tomó de la mano y me haló para besarme. No respondí con gritos, no lo ofendí, simplemente me aparté, cambié de lugar en la mesa y, cuando pude, me fui. De regreso a mi casa me fui pensando cómo manejar esa situación tan incómoda para mi. Por fortuna no pasó a mayores.

En trabajos posteriores, el acoso se hizo más explícito. Un jefe me dijo que debía acompañarlo a todas las actividades sociales oficiales, después de las seis de la tarde. Como le dije que no podía porque tenía un hijo esperándome en casa, no me renovaron el contrato.

En otro puesto, el explosivo fue distinto: un hombre “serio”, con novia, con una reputación respetable, me llamó a su oficina, me pidió que me sentara frente a él y me dijo, con voz firme y mirándome a los ojos, que había soñado conmigo. Lo que siguió o borré de mi memoria. Lo que si recuerdo es el asco, la vergüenza, la sensación de que el tiempo se había detenido solo para mí. Ese día, el acoso se convirtió en un acto de violencia psicológica, que sólo entendí muchos años después.

Muchas personas se preguntan: “¿Por qué no dijo nada en ese momento?”. Pues fíjate que ante una agresión, el cerebro activa mecanismos de defensa como la parálisis o la disociación. No todas reaccionamos con un grito; algunas respondemos con el silencio del trauma. Factores como la jerarquía del agresor, nuestra historia previa de abusos y el miedo a perder el sustento económico moldean nuestra respuesta. No hay una forma «correcta» de ser víctima.

Colombia bajo la lupa del acoso

El acoso sexual no es un fenómeno aislado. Es un fenómeno estructural que se alimenta del silencio, el miedo y la impunidad. En 2024, el Observatorio Nacional de Salud (ONS) reportó 3.956 casos de acoso sexual, 9.798 de actos sexuales abusivos, 10.089 de acceso carnal y 4.909 de otras formas de violencia sexual. Estas cifras, sin embargo, no reflejan la realidad. El subregistro es alto: muchas mujeres no denuncian por miedo a represalias, por temor a no ser creídas, por vergüenza o por falta de apoyo.

La impunidad es el combustible que mantiene vivo el acoso sexual en Colombia. Muchos agresores siguen en sus puestos, en sus cargos, en sus “familias perfectas”, mientras las víctimas se preguntan si fue su culpa, si fue un “malentendido”. En el caso de mi segundo jefe, el acoso continuó hasta que varias victimas hablaron y, finalmente, fue sacado de su cargo. Pero para entonces, el daño ya estaba hecho.

La impunidad no solo afecta a las mujeres, sino a toda la sociedad. Normaliza el acoso, lo convierte en un “juego” entre hombres y mujeres, en una “broma” que se cuenta en la oficina o en la calle. Cada vez que una mujer se queda callada, cada vez que un jefe se mantiene en su cargo, cada vez que un caso se archiva, el acoso sexual se normaliza.

El escándalo en el canal Caracol no es un caso aislado. Es el reflejo de una realidad que se repite en oficinas, en escuelas, en universidades, en el transporte público. Por eso, es nuestro deber cuestionar, visibilizar y transformar esta realidad.

Reflexión final

Hacer público este relato no fue fácil. La vergüenza, el miedo a no ser creída, el “no pasa nada”, el “no es para tanto” son voces que me acompañaron durante años. Pero hoy, con los datos en la mano, con la conciencia de que no estoy sola, decido hablar. Por todas aquellas que no pueden, por las que no saben, por las que temen.

El acoso sexual no es un juego, no es un chiste. Es violencia. Y como tal, debe ser denunciado, fiscalizado, sancionado. Colombia no puede seguir viviendo con el miedo como bandera. Necesitamos educación desde la infancia, necesitamos espacios seguros, necesitamos impunidad cero.

Si te dicen algo que te incomoda, si te toman a la fuerza, si te obligan a hacer algo que no quieres, no es tu culpa. No es un “malentendido”. No es un “juego”. Es acoso. Y el primer paso para cambiar esta realidad es nombrarlo, visibilizarlo, transformarlo. Por eso guardé mis historias de acoso en un cajón con llave, hasta hoy.