Llegó diciembre con su alegría… y su historia

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El calendario ya nos anuncia la llegada de diciembre, un mes que lleva consigo la paradoja de llamarse «el décimo» cuando ocupa la duodécima posición del año. Esta curiosidad etimológica constituye apenas el inicio de un viaje por los orígenes, las superposiciones religiosas y el simbolismo que han convertido a este mes en el más sagrado del hemisferio occidental. Llegó diciembre con su alegría… y su historia.

El legado de Roma

La palabra diciembre proviene del latín december, derivado de decem, que significa «diez». En el calendario romano primitivo atribuido a Rómulo hacia el siglo VIII a.C., el año estaba conformado por diez meses y 304 días, comenzando en marzo, dedicado al dios de la guerra, y terminando en diciembre. Los demás meses simplemente no contaban.

Fue el rey Numa Pompilio, alrededor del año 680 a.C., quien incorporó enero y febrero al calendario. Siglos después, en el 153 a.C., el inicio del año pasó a ser el primero de enero para coincidir con la toma de posesión de los magistrados romanos. Así, diciembre conservó su nombre, «el décimo», pero pasó a ocupar el duodécimo lugar.

La Navidad y el Dios Sol

La fecha del 25 de diciembre como celebración del nacimiento de Jesús no aparece en ningún evangelio. La primera conmemoración documentada ocurrió en Roma en el año 336 d.C., aunque existe evidencia de que ya en el año 221, el escritor cristiano Sexto Julio Africano había establecido ese día como fecha de la natividad.

Lo que resulta innegable es la coincidencia con el Dies Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invicto, fiesta pagana instituida por el emperador Aureliano el 25 de diciembre del año 274. El solsticio de invierno marcaba la noche más larga del año, tras la cual el sol «renacía» y los días comenzaban a alargarse. Para los primeros cristianos, la asociación era teológicamente poderosa: Cristo como la verdadera «Luz del mundo» que vence las tinieblas.

Alrededor del año 330 d.C., el emperador Constantino adoptó formalmente el 25 de diciembre como fecha del nacimiento del Mesías, haciéndola coincidir deliberadamente con la festividad pagana. Fue una estrategia de asimilación cultural que perdura hasta nuestros días.

Diciembre en el mundo hispano

Para los países de habla hispana, diciembre constituye un despliegue ininterrumpido de celebraciones religiosas. En Colombia, el Día de las Velitas cada 7 de diciembre ilumina calles, balcones y plazas con millones de velas y faroles de papel. Esta tradición surgió en 1854, cuando el Papa Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción mediante la constitución apostólica Ineffabilis Deus. Las comunidades encendieron velas en señal de apoyo, y la costumbre pervive como el inicio no oficial de la temporada navideña colombiana.

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Al día siguiente, el 8 de diciembre, se celebra la Inmaculada Concepción de María, fiesta que honra la creencia de que la Virgen fue concebida libre del pecado original. En regiones como el Caribe colombiano, los devotos se despiertan antes del amanecer para encender velas junto a sus familias.

Desde el 16 hasta el 24 de diciembre, millones de hogares rezan la Novena de Aguinaldos, tradición que data de 1784 cuando el sacerdote franciscano Fernando de Jesús Larrea escribió el texto original en Quito. Esta práctica reúne familias y comunidades en torno a oraciones, villancicos y alimentos tradicionales como buñuelos, natilla y tamales.

Tres religiones, una temporada de luz

Diciembre no pertenece exclusivamente al cristianismo. El judaísmo celebra Janucá, la Fiesta de las Luminarias, durante ocho días a partir del 25 del mes hebreo de Kislev, que suele coincidir con la segunda mitad de diciembre. Esta festividad conmemora la victoria de los macabeos sobre los griegos en el siglo II a.C. y el milagro del aceite que mantuvo encendida la lámpara del Templo de Jerusalén durante ocho días, cuando solo había reserva para uno.

Las tradiciones neopaganas celebran Yule, el solsticio de invierno, como uno de los ocho sabbats de la rueda del año. De origen escandinavo, Yule honra el renacimiento del sol y el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Los rituales incluyen hogueras, intercambio de regalos y decoración de árboles sagrados, costumbres que el cristianismo también adoptó.

Papá Noel: de obispo caritativo a ícono mundial

La figura de Papá Noel tiene su origen en San Nicolás de Bari, obispo del siglo IV nacido en Patara, Turquía. Huérfano a los 19 años tras una epidemia de peste, dedicó su fortuna a los más necesitados y se convirtió en protector de los niños. La leyenda más célebre cuenta que salvó a tres jóvenes de la prostitución depositando monedas de oro en sus zapatos durante tres noches consecutivas entrando, según la historia, por la chimenea.

En 1931, Coca-Cola contrató al ilustrador Haddon Sundblom para crear una imagen de Papá Noel «realista pero simbólica». Aunque el personaje ya vestía de rojo en representaciones anteriores, Sundblom perfeccionó la figura entrañable que hoy conocemos: el anciano rollizo, de mejillas coloradas y sonrisa bonachona. No inventó el color, pero sí fijó la personalidad que lo convirtió un símbolo universal de la Navidad.

El número sagrado de diciembre

Si sumamos los dígitos de diciembre (1+2) obtenemos el número tres, cifra que atraviesa las tradiciones de este mes con insistencia casi mística. El tres representa, para los pitagóricos, la imagen del ser supremo en sus tres dimensiones: material, espiritual e intelectual. Para el cristianismo, es la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para el hinduismo, la tríada de Brahma, Vishnú y Shiva.

San Nicolás salvó a tres jóvenes. Los Reyes Magos fueron tres. Las velas de Janucá se encienden desde un brazo central que sirve a los otros dos, un principio trinitario de origen, mediación y destino. Incluso diciembre alberga tres grandes tradiciones: la judía, la cristiana y la pagana, que se encuentran en una celebración de luz que vence a la oscuridad.

El tres también simboliza el equilibrio entre fuerzas opuestas, la resolución de la dualidad mediante un tercer elemento armonizador. Diciembre encarna precisamente esa síntesis: un mes donde lo pagano y lo cristiano, lo histórico y lo mitológico, la muerte del año y el nacimiento de la esperanza, se funden en una sola temporada de renovación.

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Diciembre nos recuerda que los calendarios son construcciones humanas, pero los ciclos de luz y oscuridad son universales. Desde Roma hasta Bogotá, desde el Templo de Jerusalén hasta los bosques escandinavos, la humanidad ha encontrado en este mes el momento propicio para encender velas, reunirse en familia y celebrar que, incluso en la noche más larga, la luz siempre regresa.