Reflexiones sobre el Día Mundial de los Huérfanos de Guerra

Mañana es 6 de enero, y aunque el calendario no lo marca en rojo, existe una conmemoración que debería estar presente en la memoria de todos el Día Mundial de los Huérfanos de Guerra. Una realidad que parece olvidarse, pero que todos los días más de 460 millones de niños la viven en zonas de guerra alrededor del mundo.  Reflexiones sobre el Día Mundial de los Huérfanos de Guerra

Imagina por un instante que alguien toca a tu puerta y te dice: «Tu madre no volverá a casa. Tu madre ha muerto.» Imagina tener seis años, o diez, o catorce, y que ese anuncio llegue a través de un bombardeo, una bala o una desaparición. Eso revuelca por completo tu existencia. Eso es lo que siguen enfrentando generaciones de niños y niñas cuya infancia fue truncada no por accidentes o enfermedades, sino por decisiones que otros adultos tomaron.

Un origen enraizado en la memoria

Esta conmemoración nace de un acto ético fundamental: el reconocimiento. Surge como respuesta a millones de historias que quedaron sin voz en la Segunda Guerra Mundial, cuando UNICEF comenzó a documentar los rostros de infancias destrozadas por la violencia sistemática. Pero esta conmemoración reafirma su sentido en la realidad actual.

En 2024 y 2025, las estadísticas alcanzan proporciones no registradas en la historia de la humanidad. Casi 50 millones de niños están desplazados de sus hogares. En Gaza, por ejemplo, más de 17.000 quedaron huérfanos en menos de un año. En Haití, el reclutamiento de menores se disparó un 70% en doce meses. Ucrania suma 737.000 niños en desplazamiento interno, separados de sus padres, «construyendo» sus vidas en el exilio.

Cada uno de esos niños es un ser que aprendió a temer al sonido de la noche. Es una consciencia en formación que tuvo que madurar aceleradamente, sin los sostenimientos que la infancia necesita.

Más allá de la pérdida: el tejido roto

Cuando una persona pierde a sus padres por la guerra, no solo pierde protección o recursos materiales. De acuerdo con la sicología se genera un trauma simultáneo en múltiples dimensiones. Los huérfanos de la guerra experimentan los que se conoce como Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), una condición de salud mental que aparece después de vivir o presenciar un evento traumático extremadamente angustioso. Es una respuesta del cerebro ante una amenaza severa a la supervivencia o la integridad física.

El TEPT se manifiesta de muchas maneras: ansiedad y depresión que se extienden hasta la adultez; aparecen regresiones conductuales como volver a orinarse en la cama, chuparse los dedos como queriendo regresar a un lugar seguro. El trauma es la ruptura de la seguridad ontológica, el quiebre de la creencia de que el mundo es un lugar donde se puede permanecer.

Dimensiones más profundas

Para los pueblos indígenas desplazados, la pérdida es también territorial, espiritual, cultural. Significa perder la conexión con los sitios sagrados, con la armonía ancestral que sostiene la identidad colectiva. Cuando una comunidad originaria es desplazada por la violencia, sus niños heredan la amenaza latente de que su cultura desaparecerá porque nadie quedó para conservarla. La identidad cultural no puede ser reparada únicamente con alimento o refugio.

La infancia necesita conectarse con el sentido de la vida, con aquello que transciende lo material. Para muchos niños en conflicto, esa conexión fue seccionada antes de poder establecerse. Pierden la oportunidad de preguntarse quiénes son más allá de la supervivencia.

Lee también ¿Tiene sentido la guerra?

La fuerza de la resiliencia

Sin embargo, en las historias de quienes fueron niños huérfanos de la guerra y hoy son adultos emerge una fuerza inesperada: la capacidad de sanación. No porque el trauma desaparezca, sino porque la resiliencia existe cuando existe la comunidad. Cuando alguien escucha. Cuando existe la oportunidad de narrar la propia historia, de convertir la devastación en testimonio, el dolor se convierte en la fuerza de la resiliencia.

La sanación colectiva es una necesidad estructural. No se sana en soledad. Se sana cuando una comunidad decide que la memoria de esos niños vale. Cuando decide que sus historias son más que números en un informe de derechos humanos, cuando entiende que son vidas enteras que merecen ser miradas a los ojos.

Una invitación a la consciencia

Mañana, 6 de enero, pregúntate no es qué celebrar, sino qué espacio le damos a esos millones de infancias que están en el lado más triste de la guerra. Qué responsabilidad compartida tenemos en la construcción de comunidades que no reproduzcan violencia y protejan la capacidad de los niños de soñar.

Es una invitación a la empatía. Es reconocer que en algún rincón del mundo, en este mismo instante, hay un niño durmiendo en un campamento de refugiados, preguntándose si mañana habrá agua potable. Hay una niña que no sabe cómo se vive sin miedo. Hay historias que merecen ser contadas y ser escuchadas por oídos dispuestos a hacerlo.

Lee también La tierra sagrada que sangra y donde todo comenzó

Porque la verdadera conmemoración ocurre cuando decidimos que los huérfanos de la guerra comienzan a existir en nuestra consciencia colectiva como lo que realmente son: seres humanos cuyo derecho a la dignidad y a un futuro posible es innegociable. Reflexiones sobre el Día Mundial de los Huérfanos de Guerra