La vaca: una inteligencia flexible, innovadora y capaz

A lo largo de la historia humana, ciertas especies animales han trascendido su rol biológico para convertirse en símbolos vivos de fuerzas cósmicas. La vaca es quizá uno de los ejemplos más luminosos de esta realidad.

Desde las llanuras fértiles de la India hasta los templos del antiguo Egipto, desde las mitologías nórdicas hasta las cosmovisiones de pueblos andinos ancestrales, la vaca ha sido venerada porque representa la capacidad primordial de generar vida, nutrir sin destruir, y conectar el mundo visible con fuerzas invisibles de abundancia y regeneración.

Pero lo interesante es que, en enero de 2026, la ciencia confimó que, dentro de ese cuerpo dócil, majestuoso, habita una inteligencia flexible, innovadora y capaz de resolver problemas de formas nunca antes documentadas en el ganado bovino.

El símbolo sagrado

En India, la vaca goza de un estatus sagrado reflejado incluso en la legislación. Conocida como Gau Mata (la Madre Vaca)  encarna en el hinduismo la generosidad incondicional. Los textos sagrados de los Vedas, que se remontan miles de años, la describen como fuente de prosperidad y símbolo de fertilidad.  Pero lo más interesante y profundo es la razón detrás de este reconocimiento. A diferencia de otros animales, la vaca ofrece alimento —leche, ghee, yogur— sin necesidad de ser sacrificada. Esta característica física cristalizó en una verdad filosófica que se convirtió en la piedra angular del principio de ahimsa, la no violencia.

El dios Krishna, en su juventud, fue pastor de vacas; su nombre mismo, Gopal, significa «protector del ganado». El toro Nandi, vehículo sagrado del dios Shiva, custodia la entrada de innumerables templos. Estas son expresiones de una comprensión de que la vida animal y la vida humana están entrelazadas, conectadas por un hilo de respeto mutuo.

En el antiguo Egipto, la cosmología inscribía a la vaca en los estratos más altos de lo sagrado. La diosa Hathor —deidad de la fertilidad, el amor, la maternidad y la alegría— era representada como una vaca o portaba los cuernos bovinos como atributo de su poder. Hathor encarnaba la Vía Láctea misma, ese río de leche celeste que fluye del vientre cósmico del universo.

Nut, diosa del cielo, frecuentemente era simbolizada como vaca, con cuatro estrellas en su vientre que irradiaban energía hacia los cuatro cuadrantes de la tierra. El amulet ahat, que representaba la cabeza de una vaca con el disco solar entre sus cuernos, era utilizado en rituales de purificación y momificación, reflejando la creencia de que este animal era un conductor de luz divina y regeneración.

En la mitología nórdica, Audhumla era la vaca primigenia, la primera criatura que emergió cuando el hielo primordial se descongeló. De sus ubres brotaban cuatro ríos de leche que alimentaban a Ymir, el primer gigante. Era la fuente de vida en el acto cosmogónico de creación. En la antigua China, la expresión huan-p’in (vaca negra) en el Tao te King simbolizaba «el principio femenino, origen del cielo y la tierra».

Lo notable es que, a pesar de las vastas distancias geográficas, los sistemas de creencias dispares y la ausencia de contacto entre estas civilizaciones, todas llegaron a las mismas conclusiones: la vaca era un símbolo de fertilidad, nutrición, paciencia, maternidad y conexión con la tierra.

Por qué la vaca representa lo que representa

Para comprender por qué la vaca alcanzó tal estatus espiritual, debemos observar su biología con ojos simbólicos. La vaca es, ante todo, nutrición: su leche no requiere la muerte del animal para ser obtenida. Esto la diferenciaba radicalmente de otras fuentes de proteína en el mundo agrícola. Para culturas que dependían del ganado, la vaca representaba abundancia sostenible —el alimento que se regenera a sí mismo, año tras año.

Su paciencia, su naturaleza tranquila y majestuosa, también la hacían símbolo de fortaleza femenina inquebrantable. En el lenguaje arquetípico, encarnaba el principio receptivo, la tierra misma en su capacidad de absorber semillas, nutrirse y parir frutos. Las culturas agrícolas ancestrales sabían que sin la fertilidad del suelo y sin el estiércol animal como abono, no había cosecha. La vaca no era solo un animal de granja; era un eslabón sagrado entre el mundo humano y la regeneración cíclica de la vida.​

El descubrimiento de Veronika

En una aldea rural de Austria, en un pequeño valle de los Alpes llamado Nötsch im Gailtal, vive Veronika, una vaca que ha vivido 13 años como mascota de una familia, con libertad para explorar, jugar, y desarrollarse según sus propios impulsos. Hace aproximadamente una década, el dueño observó  algo inusual: ella estaba recogiendo ramas del suelo y usándolas para rascarse en áreas de su cuerpo que de otro modo sería imposible.

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Con el tiempo, su técnica se refinó. Cuando investigadores de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena, la bióloga  Alice Auersperg y el investigador  Antonio J. Osuna-Mascaró, fueron alertados del comportamiento, decidieron estudiarlo formalmente. Resulta que Veronika utilizaba una escoba o cepillo de forma flexible y multiuso, para rascarse el lomo, el vientre y otras partes del cuerpo, con las cerdas rígidas del cepillo. Cuando necesitaba rascarse zonas más sensibles, volteaba la herramienta y usaba el extremo de madera.

Este comportamiento de uso de una herramienta multiuso, adaptándola según el contexto y la necesidad, había sido documentado únicamente en primates y algunas aves como los córvidos. Nunca antes se había visto en ganado bovino. El estudio, publicado en la revista Current Biology recientemente, marcó un punto de quiebre en cómo entendemos la cognición animal.

Auersperg fue directa en sus conclusiones: «Veronika no es la Einstein de las vacas. Lo que la hace especial es que es una mascota, criada en un ambiente estimulante». En otras palabras, Veronika no es una excepción genética; es una expresión de un potencial latente presente en su especie, un potencial que rara vez emerge porque la ganadería industrial no proporciona las condiciones necesarias para que florezca.

Lo que revela sobre la inteligencia animal y nuestros sesgos

El hallazgo de Veronika evidencia que hemos subestimado cognitivamente al ganado bovino. Los investigadores señalan un factor crucial: «En la ciencia, como en la cultura, las especies ganaderas suelen ser subestimadas cognitivamente, lo que se ve reforzado por su rol utilitario y por persistentes sesgos de negación de la mente asociados al consumo de carne».

Aquí hay una paradoja notable. Pasamos más tiempo estudiando la inteligencia de animales exóticos que viven en lugares remotos que investigando la cognición de animales con los que compartimos nuestros espacios desde hace más de 10,000 años. Hay aproximadamente 1,500 millones de vacas en el mundo, lo que las convierte en la biomasa de vertebrados más grande del planeta. Y solo ahora, en 2026, documentamos científicamente que son capaces de usar herramientas.

El comportamiento de Veronika revela varias capacidades cognitivas complejas: aprendizaje autónomo, capacidad de innovar y resolver problemas, planificación (anticipar qué extremo usar antes de aplicarlo), y flexibilidad cognitiva (adaptar estrategias según contexto). Estas no son habilidades triviales. Son indicadores de una mente que procesa información, que experimenta, que enseña a su propio cuerpo nuevas formas de interactuar con el mundo.

Osuna-Mascaró, quien pasó el verano observando a Veronika, anotó algo revelador: «Veronika tiene un vínculo cercano con Witgar, su dueño, quien prepara y vende pan. Era interesante ver a Veronika mirando cada coche que pasaba tratando de adivinar si el conductor era Witgar. Si pensaba que lo era, mugía con toda su fuerza». Esto es apego, reconocimiento individual, anticipación emocional.

La importancia del ambiente en la expresión de la inteligencia

Un aspecto importante en el caso de Veronika es el papel del ambiente. La libertad, la estimulación constante, la oportunidad de jugar con ramas y objetos durante años, la interacción cercana con humanos que la valoraban, todo eso creó el espacio psicológico y físico para que la vaca manifestara capacidades que permanecerían dormidas en una vaca confinada en un sistema industrial.

Investigaciones en etología cognitiva confirman que el desarrollo de habilidades complejas de resolución de problemas, incluido el uso de herramientas, requiere libertad para explorar, experimentación sin miedo, y acceso a objetos diversos. En ambientes enriquecidos, los animales muestran mayor conducta exploratoria, menores conductas estereotipadas (que indican aburrimiento crónico y estrés), y mayor capacidad de aprendizaje innovador.

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El caso de Veronika, una inteligencia flexible, innovadora y capaz, invita a una reflexionar sobre la posibilidad de que, al honrar nuevamente a los animales con los que compartimos nuestro mundo, estemos reestableciendo conexiones con una comprensión más profunda y auténtica de la vida misma.