Alimentos ultraprocesados: una epidemia que enferma a niñas y niños en Colombia

En las loncheras escolares colombianas es cada vez más común encontrar gaseosas, paquetes de mecato y golosinas, mientras las frutas y los alimentos frescos quedan relegados al fondo de la mochila o, simplemente, fuera de la lista del mercado. Te invito a abrir los ojos con los alimentos ultraprocesados: una epidemia que enferma a niñas y niños en Colombia

Según encuestas nacionales, uno de cada cuatro niños entre 5 y 12 años tiene exceso de peso, y cuatro de cada cinco escolares consumen productos de paquete al menos una vez por semana. No se trata solo de “antojitos”: estamos frente a un problema de salud pública alimentado, literalmente, por la industria alimenticia de los ultraprocesados..

Qué son los alimentos ultraprocesados

La clasificación NOVA, ampliamente usada en salud pública, describe a los alimentos ultraprocesados (grupo 4) como formulaciones industriales hechas principalmente a partir de sustancias derivadas de alimentos alterados (harinas refinadas, azúcares, aceites modificados, proteínas aisladas) y aditivos como colorantes, saborizantes, emulsionantes y edulcorantes, con muy poca presencia de alimentos naturales. 

Ejemplos típicos son las gaseosas, los snacks de paquete, las bebidas azucaradas “sabor a fruta”, los cereales azucarados, embutidos, productos de bollería industrial, comidas listas para calentar y alimentos de larga duración.

Estos productos se elaboran mediante procesos industriales complejos (extrusión, hidrogenación, moldeado, pre-frituras) diseñados para lograr sabores intensos, larga vida en estantería y bajo costo, de forma que desplacen a los alimentos frescos en la dieta diaria.

Riesgos para la salud: lo que dice la ciencia

La evidencia científica reciente es contundente: a mayor consumo de alimentos ultraprocesados, mayor riesgo de múltiples enfermedades crónicas. En una revisión de decenas de estudios desde 2009, se encontraron asociaciones consistentes entre la alta exposición a ultraprocesados y mayores posibilidades de mortalidad, obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y problemas de salud mental, entre otros desenlaces adversos.

Una serie de artículos en The Lancet advirtió que estos productos están desplazando a los alimentos frescos y mínimamente procesados, deteriorando la calidad global de la dieta y aumentando el riesgo de enfermedades crónicas a escala mundial. La agencia de investigación del cáncer de la OMS también ha vinculado un mayor consumo de ultraprocesados con mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, hipertensión y enfermedad de Párkinson.

Niños y niñas, los más vulnerables

La infancia es el terreno donde los alimentos ultraprocesados siembran consecuencias más profundas. Estudios en primera infancia muestran que más del 50% de los niños entre 2 y 4 años consume tres o más productos con exceso de azúcares, grasas y sodio al día, y que 9 de cada 10 ingieren al menos uno de estos productos, según el modelo de nutrientes críticos de la OPS. Este patrón empeora significativamente la calidad de la dieta y dificulta cumplir las recomendaciones de la OMS.

En escolares se ha documentado que el consumo habitual de ultraprocesados aumenta el riesgo de obesidad, diabetes, hipertensión, dislipidemia y alteraciones en la microbiota intestinal. La OMS señala que el consumo de estos productos en la niñez produce aumento de la obesidad infantil y en el riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles. En Colombia, donde uno de cada cuatro niños ya presenta exceso de peso, estos productos no son un lujo inocente: son un factor que “programa” la enfermedad para la vida adulta.

La maquinaria de la industria de ultraprocesados

Nada de esto es casual. Los alimentos ultraprocesados están diseñados para ser hiperpalatables, convenientes y baratos, con envases llamativos y estrategias de mercadeo que apuntan directamente a niños y adolescentes. La literatura científica describe cómo la industria utiliza formulaciones que estimulan los sistemas de recompensa del cerebro, promoviendo un consumo frecuente y desplazando en la práctica a frutas, legumbres y preparaciones caseras.

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Además, grandes compañías han financiado durante años estudios y narrativas que minimizan los riesgos para la salud, o que trasladan la responsabilidad únicamente al “sedentarismo” y a las elecciones individuales, a pesar de que el entorno alimentario está claramente sesgado a favor de productos ultraprocesados.

Red PaPaz: ciudadanía organizada por el derecho a saber

En Colombia, el movimiento ciudadano Red PaPaz —una red de madres, padres y cuidadores— se convirtió en actor clave para poner el tema en la agenda pública. Desde 2018 impulsó campañas como “No comas más mentiras” y exigió la implementación de un etiquetado frontal de advertencia claro sobre los productos ultraprocesados dirigidos a niñas, niños y adolescentes.

En 2019, Red PaPaz interpuso una acción popular que terminó con un fallo del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, ordenando al Ministerio de Salud ajustar la reglamentación de etiquetado de acuerdo con la Ley 2120 de 2021 (“Ley Comida Chatarra”) y con la mejor evidencia científica libre de conflicto de interés. Gracias a esta presión, el Estado tuvo que corregir el rumbo de una reglamentación que inicialmente favorecía modelos de etiquetado menos claros y más funcionales a los intereses de la industria.

Etiquetado frontal y sellos de advertencia en Colombia

La Ley 2120 de 2021 busca promover entornos alimentarios saludables garantizando el derecho a información clara sobre los componentes de los productos comestibles y bebibles ultraprocesados, especialmente para niños, niñas y adolescentes. Con base en esta ley, la Resolución 2492 de 2022 ordenó que, a partir del 14 de junio de 2023, los alimentos procesados y ultraprocesados que superen ciertos límites de azúcares, sodio, grasas saturadas, grasas trans o contengan edulcorantes lleven en el frente del empaque sellos octagonales negros con la leyenda “EXCESO EN”.

Estudios realizados en población colombiana muestran que el etiquetado octogonal es el más eficaz para reducir la intención de compra de productos ultraprocesados con exceso de nutrientes críticos, en comparación con otros sistemas como el GDA o Nutri-Score. Más del 70% de los participantes identificó mejor los productos con exceso de azúcar, grasas y sodio cuando tenían sellos octagonales y declaró que estos sellos lo desanimaban a comprarlos.

Más allá del empaque: implicaciones sociales y culturales

En muchos hogares, el paquete y la gaseosa se han convertido en premio, en merienda “práctica” o en símbolo de estatus, mientras cocinar con alimentos frescos se percibe como costoso y demandante de tiempo. Esa normalización tiene consecuencias: moldeamos paladares que asocian el placer con lo muy dulce, muy salado o muy grasoso, y enseñamos a las nuevas generaciones a desconectarse de la comida real.

El etiquetado nutricional es una herramienta poderosa, pero no suficiente por sí sola. Se necesita coherencia entre la política pública, los entornos escolares, las campañas de comunicación y las decisiones cotidianas de las familias. Cada vez que un adulto elige leer un sello, cuestionar una publicidad o cambiar un paquete por una fruta, está enviando un mensaje contundente a la industria y, sobre todo, a los niños que lo observan.

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Elegir menos alimentos ultraprocesados es una forma concreta de proteger la salud, la autonomía y el futuro de niñas y niños en Colombia. La información ya está en el frente del empaque; ahora el reto es que se traduzca en decisiones más conscientes y en un sistema alimentario que deje de priorizar las ganancias por encima de la vida.